Nuestro Equipo


Equipo del Estudio Luis E. Lecueder

Cr. Carlos A. Lecueder Atchugarry

Ing. Agrónomo Gerardo Lecueder

Cra. María Alejandra Lecueder

Cr. Guillermo Sanjurjo

Cra. Laura Acea

Cra. María José Lecueder

Cr. Carlos A. Lecueder Methol

Cra. Carolina Lecueder

Cra. Laura Arbelbide

Cr.Miguel Masi

Estela Ferriolo

Antonio Di Iorio

Hernán Díaz

Leticia Corbo

María Angélica Larrouturou

Renée Carbonell

Rolando Ardao

Mariana Capelli

Daniel Paciello

Ana Mercadal

Martin Cardozo

Esteban Cabral

Adriana Calvo

Gabriela Granadsztejn

Ignacio Castro
 


 

 

Trabajo en equipo (por Pat Riley)

 

Yo era un mediocre jugador de básquetbol.

Integraba el equipo de Los Angeles Lakers pero mi participación era totalmente secundaria. No era tenido en cuenta por el D.T., y la única función que cumplía en el plantel era, junto con otros compañeros, ser sparring del equipo titular.

Yo era consciente que no tenía grandes condiciones para ser una estrella, por lo que el sólo hecho de integrar el plantel de un equipo de la NBA ya me hacía sentir realizado.

Ese año el equipo había hecho una campaña discreta, y faltando un sólo partido para terminar la temporada regular debíamos definir nuestra clasificación a los Playoffs jugando de local. Si ganábamos, clasificábamos a los Playoffs mientras que si perdíamos, nuestras vacaciones habrían comenzado, y tanto la prensa de Los Angeles como nuestra afición habrían estado muy frustradas.

En los días previos al partido, una fuerte epidemia de gripe invadió la ciudad. Muchos de los jugadores más importantes del plantel estaban enfermos, y por lo tanto no iban a poder participar del partido. Yo tenía una doble sensación, porque por un lado sabía que las posibilidades del equipo eran menores, pero por otro, mis chances de participar del juego aumentaban a medida que más jugadores se enfermaban.

Llegó el día del partido, y pasó lo que se esperaba: el plantel había quedado reducido a 8 jugadores, uno de los cuales era yo. Igualmente la expectativa era grande y, fiel a su tradición, la hinchada de Los Angeles Lakers llenó el estadio.

El partido fue muy parejo, y hasta faltando unos pocos minutos, yo no había ingresado. Con el correr de los minutos el cansancio de nuestros jugadores empezó a notarse cada vez más, teniendo en cuenta nuestro reducido plantel. Fue por esto que faltando 3 minutos el D.T. miró el banco de suplentes y, al no tener otra alternativa, me llamó. En ese momento sentí una gran satisfacción, estaba cumpliendo un sueño. No sólo estaba jugando por primera vez un partido oficial en la NBA, sino que era un partido definitorio, el estadio estaba lleno y con un final emocionante.

En esos pocos minutos en cancha fui muy obediente con las indicaciones que me daba el D.T., la pelota no pasaba por mí con asiduidad, y simplemente me remitía a pasarla apenas la recibía, es decir, cumplía al pie de la letra con lo que me pedían. Finalmente llegó el desenlace, faltaban 7 segundos para el final y el equipo perdía por 1 punto pero tenía la posesión de la pelota. El D.T. pidió Tiempo para planear la jugada; debíamos convertir un doble en los pocos segundos que quedaban y de esa manera asegurar el triunfo y la clasificación.

La jugada planeada era la siguiente: al sacar de costado, y teniendo en cuenta que ningún rival me iba a marcar con intensidad por no ser uno de los posibles receptores, me debían pasar la pelota a mí. Aprovechando el desconcierto de los rivales, la estrella del equipo debía desmarcarse y de esa manera yo se la debía pasar hacia una esquina de la cancha para que él resolviera la jugada. La jugada estaba clara, y también el compromiso de nosotros de llevarla a cabo tal como había sido planeada. El juez nos llamó, y los rivales nos esperaban en la cancha para definir el partido.

Tal como se había hablado, nadie se preocupó de marcarme y por lo tanto recibí la pelota lo suficientemente desmarcado como para poder pensar y ejecutar la jugada a la perfección. No sé si habrá sido mi imaginación o fue algo real, pero en ese momento sentí los gritos de desaprobación de la hinchada es que Pat Riley no era el indicado para definir el partido. Los planes del D.T. parecían perfectos, ya que en el momento de recibir la pelota noté que la estrella se desmarcaba con gran velocidad, quedando en inmejorables condiciones de recibir mi pase y definir el partido.

Pero en ese momento el aro se me apareció adelante. Mis compañeros habían desaparecido, el D.T. y la hinchada también sólo veía el aro, y con él mi gloria personal. Estaba frente a la gran posibilidad de mi carrera. Seguramente, si convertía ese tiro final, no sólo le daba la tan ansiada clasificación a mi equipo, sino que seguramente estaba asegurando mi participación en el equipo al año siguiente, y con un aumento de sueldo importante.

En esos segundos me olvidé del equipo y tiré. Cuando la pelota estaba en el aire el reloj llegó a 0 sería la última pelota del partido. El desenlace fue previsible la pelota coqueteó con el aro pero finalmente salió.

El partido había terminado, y Los Angeles Lakers, uno de los equipos favoritos al inicio de la temporada, había quedado afuera de los Playoffs, lo que implicaba un fracaso bastante grande tanto para los jugadores como para el D.T.

Si bien ese fallo significó el final de mi modesta carrera como jugador, con el tiempo valoré mucho todo lo que me había pasado, ya que aprendí mucho de ello.

Yo me había olvidado del equipo, me había olvidado que era sólo una pieza más del mismo, y que el único camino posible para lograr mi éxito y realización personal, era a través del cumplimiento de los objetivos del equipo. Si el equipo en su conjunto fracasaba, lo mismo iba a pasar con todos y cada uno de sus miembros.

 

Hoy soy un destacado Director Técnico. Todos los años, y antes de empezar cada temporada, cuento esta anécdota a todos los integrantes de mi equipo. Yo no quiero estrellas, no quiero individualidades que persigan su objetivo particular sí quiero un equipo, con todos los integrantes comprometidos para el logro de los objetivos comunes. Seguramente así seamos capaces de enfrentar todas las adversidades y ese será el único camino para derrotarlas.